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Transcripción y actualización de historias de los 90"s con algunos añadidos
I
- Casi todas las princesas sueñan con príncipes azules.
- Algunas princesas besan sapos y los convierten en príncipes azules. - No todos los sapos son príncipes azules encantados. - No todas las princesas encuentran un príncipe azul. - Algunas princesas tienen que besar muchos sapos para encontrar a su príncipe azul. - Algunas princesas besan muchos sapos…
II
La princesa se fue sola. No avisó a nadie, no quería que nadie la viera. El estanque reflejaba plata. Entre el canto de tantos y tantos, escucho su voz y lo supo en ese instante. Se sentó a escuchar en una piedra y se quedó dormida.
Soñó que estaba desnuda y que gotas de agua escurrían por su piel delicada de princesa, salpicada por la noche con sus sombras.
La princesa no soñaba con un príncipe azul. Ella quería ser la reina de la noche, del paisaje, de todo lo que sus sentidos le habían dado a conocer.
El sapo la encontró dormida, dejó de cantar para besarla en los labios y soplar su encanto.
Así fue encantada la reina de los sapos.
III
Cómo llegó al jardín; es un misterio. Las murallas tienen más de 6 metros de altura; el foso es inmensamente profundo y no hay ningún pasadizo secreto. ¿Por dónde entró?, sólo él lo supo. Tal vez escondido en el bolsillo de algún noble visitante, o en la canasta de abasto que llegaba día con día a la cocina. O tal vez de un portentoso salto, único en la vida, con la energía acumulada durante largos años de espera, de ese momento preciso, y que entonces, con todo el poder del destino, fue magnificado al concentrarse en el impulso de sus extremidades, que como un muelle le impulsaron a librar todos los obstáculos para llegar al jardín del palacio. O llegaría por la cloaca,o por medio de la magia de alguna bruja o de un poderoso hechicero. El caso es que apareció en el jardín. Fue escuchado y visto por primera vez el día en que nació la princesa.
En noches de plenilunio se le oía cantar; todos pensaban que su serenata se dedicaba a la luna, pero se equivocaban. Su canto era un llamado. Su voz se remitía su última, a su única esperanza. Y en tanto no había una respuesta a su llamado, él cantaba todas las noches de luna, cada noche de luna llena; y lo hizo así por 15 años.
La noche en que la princesa celebraba su cumpleaños, salió al jardín a contemplar el cielo; le llamaron la atención los sonidos de la noche. Escuchó la voz como un lamento triste y lejano; pero no lejano en la distancia, sino en el tiempo. Era como un lamento antiguo, marizado por una larga espera cargada de dolor, de firme paciencia y melancólica resignación. Pero era un canto vivo, imbuído de una noble confianza. En el fondo, en lo más profundo de la voz, al prestar atención escuchando con los oídos del alma completamente abiertos, la princesa descubrió el sentimiento del amor que alimentaba la fe del llamado. Supo que a ella estaba dirigido el canto, y no pudo hacer sino buscar al que cantaba, pues habían sido tocadas las fibras más sensibles de su corazón. Sintió el amor.
La luna iluminó la noche para permitirle descubrir bajo una palma al sapo que cantaba incansable, y ahora eufórico, excitado, sabiendo que la soledad y el sufrimiento de la espera de tantos años cantando había valido la pena, en ese instante iluminado desde el cielo.
La princesa lo miró. Al cruzarse sus miradas la voz del sapo calló. El corazón de la princesa aceleró el ritmo de sus latidos; sus ojos vertieron llanto, sus manos temblaban, y no cabía en sí de emoción. El sapo la miro en silencio tomarlo entre sus manos para llevarlo del suelo a su boca y depositar en sus labios el primer beso de amor: el único beso de un amor total.
Se escuchó una música como producida por campanas de cristal de las estrellas, y sintieron el vértigo del ascenso hacia la luz. Desprendidos de sus cuerpos, los dos seres abandonaron la vida para vivir en amor.
El sapo que siempre fue sapo y nunca un príncipe azul, y la princesa que nunca pensó en príncipes azules, se encontraron una noche de luna llena y unieron su amor al Amor.
IV
La princesa soñaba con un príncipe azul que fuera como ella lo deseaba. No cualquier príncipe. No le bastaría con ser hermoso, aunque debía serlo; inteligente para sentir admiración por él; no demasiado joven, para que supiera de la vida, ni demasiado viejo, para que su felicidad durara aún mucho tiempo; valiente y fuerte para hacerla sentir protegida y segura, delicado para no temer ser lastimada; amoroso, compartido, solidario; dispuesto a entregar el cien por mil de su persona, de su tiempo y de su vida, a una relación de igual a igual, ojo a ojo, reposada y tranquila, pero apasionada al mismo tiempo; liberal, agudo, ingenioso, discreto y tierno; detallista, no demasiado formal, sensible y habilidoso. No le importaba que su reino fuera pequeño o pobre; poco importante era también que no hubiera matado dragones ni derrotado campeones famosos, ya tendría tiempo de hacerlo.
Y se dedicó a esperar, besando sapos.
Besó a un sapo, luego a otro, y otro, y otro más. Uno por uno se fueron volviendo príncipes vestidos de azul, pero todos tenían sangre roja:
Alguno era valiente, pero tonto; otro hermoso, pero de mal corazón; algún otro, inteligente y audaz, pero egoísta y un poco holgazán; otro más, noble, bueno, generoso, tierno, sencillo y valiente, pero demasiado conservador para su gusto, pues quería vivir la vida desfaciendo entuertos, luchando por causas ajenas, y que en tanto ella lo esperara en su palacio, fiel y casta, hasta que de vez en vez, entre guerras y aventuras se llegara a ella para ofrendarle sus triunfos; y ella habría querido acompañarlo en sus batallas, o que se quedara en casa para ayudarla a criar hijos.
Y así, ninguno, ninguno de los príncipes que conoció la satisfizo, aunque todos le quedaron muy agradecidos por hacerlos dejar de ser sapos; ninguna otra princesa había querido besarlos.
V
Le dijo que era un príncipe encantado, lo besó y no pasó nada; entonces le dijo que los tiempos eran otros, y que no bastaba con un beso.
La princesa quedó encantada, pero el sapo siguió siendo quien era. Luego ella se volvió mujer de mundo y le tomó afición a los sapos.
Finalmente uno se volvió príncipe azul; pero ella entonces ya no quería ser princesa, y el príncipe desencantado se marcho solo a su castillo de ilusión, donde murió al poco tiempo de soltería y de tristeza.
Ella murió años después: de agotamiento.
VI
¿Y por qué no una princesa sentada en un bar?, si las hay. ¿Por qué no una princesa en noche de juerga; bailando, bebiendo, fumando, cantando y diciendo un verso inspirado de su corazón; de su corazón de princesa que, en tanto no ha hallado a su príncipe azul, como la tinta de mi pluma, se pasa las noches, no en vela, de juerga, de farra, buscando, y a veces sin buscar, esperanzada en que de tantos y tantos, alguno de los sapos a los que ve a diario, al besarlo, roto el encanto, le diga –Princesa, ¡yo soy aquel!. Aquel por quien has esperado en este mismo banco por tanto y tanto y tanto tiempo. - Y que la tome en sus brazos y monte en su albo pegazo, como una nube única en una tarde de sol, y parta con ella a otro mundo, a otro estanque, a otro bar; para correr juergas juntos y beber champagne y ron; cantar y bailar, comer opíparamente, y decir de cuando en cuando, cuando esté en verdad bien el ambiente, un verso al aire, inspirado de su corazón.?
¿Por qué no una princesa sentada en un banco en un bar, que espera triste, alegre o simplemente aburrida a que otro sapo se convierta en príncipe, mejor si es azul, como la tinta, la cola de un pavo real o lo profundo del mar, pero azul para siempre, que quiera quedarse con ella como príncipe del bar?
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